El Hospital Penna: Entre la basura y el olvido de una casta que no mira al Sur

Por la Redacción
Hubo un tiempo, no tan lejano en los libros pero sí en la memoria de quienes hoy gestionan, en que pronunciar el nombre del Hospital Interzonal General de Agudos «Dr. José Penna» era sinónimo de orgullo nacional. El «gigante de Bahía Blanca» no solo era la referencia sanitaria obligada de todo el sur bonaerense; era una institución que trascendía fronteras, recibiendo pacientes de países vecinos que buscaban la excelencia de sus profesionales y la vanguardia de su infraestructura.
Hoy, ese monstruo de la salud está de rodillas. Y no lo derribó una pandemia ni una catástrofe natural: lo está demoliendo la desidia sistemática de una dirigencia política que parece haber decidido que, del Peaje de Hudson hacia abajo, la dignidad humana es opcional.
Un foco infeccioso en la puerta de entrada
Una visita reciente al sector de guardia —precisamente el lugar donde se debería garantizar la mayor asepsia— revela una postal de terror. A escasos metros de donde los pacientes esperan ser atendidos, se amontonan cantidades incontables de bolsas de residuos. Negras, verdes y rojas. Basura común mezclada con desechos patogénicos, en una convivencia promiscua que desafía cualquier protocolo sanitario básico.
Es una ironía macabra: el hospital que debe curarte te recibe con un foco infeccioso en la vereda.
A esto se le suma el abandono visual que ya es parte del paisaje cotidiano. Los vidrios, que alguna vez permitieron el paso de la luz a los pasillos del nosocomio, hoy son capas geológicas de mugre y sarro. Los accesos están detonados, reflejando una falta de mantenimiento que no requiere de presupuestos multimillonarios, sino de una gestión que, al menos, tenga la decencia de pasar un trapo.
Los responsables del naufragio
Este estado de abandono no es casualidad, es una decisión política. El Penna ha sido utilizado durante décadas como un botín de guerra para acomodar piezas en el tablero de La Plata, mientras que el presupuesto se licúa en burocracia y las necesidades reales terminan bajo la alfombra (o en las bolsas de basura de la guardia).
Es hora de pegarle duro a quienes tienen la firma y la chequera:
- A las autoridades provinciales: Que se llenan la boca hablando de salud pública desde cómodos despachos, pero que claramente no caminan los pasillos de este hospital.
- A la dirigencia local: Que a menudo se escuda en que «el hospital es de provincia» para lavarse las manos, como si los bahienses que se atienden allí no fueran sus representados.
El Penna no es solo un edificio; es el último refugio de miles de personas que no tienen otra opción. Verlo caer en este estado de degradación es ver cómo se desmorona el pacto básico entre el Estado y el ciudadano.
La pregunta es simple: ¿Cuántas bolsas de residuos patogénicos más tienen que acumularse para que alguien sienta la vergüenza suficiente para actuar? ¿O es que ya ni la vergüenza les queda?
El orgullo nacional que supo ser el Penna hoy es un monumento a la negligencia. El «gigante» sigue en pie solo por la mística de su personal, que trabaja entre la mugre y el abandono, mientras los responsables políticos miran para otro lado, esperando, quizás, que el tiempo termine de convertirlo en escombros.






